La Última Barrica es una marca dedicada a importar cervezas artesanales de calidad excepcional. Me encargaron desarrollar su identidad completa: el branding, el logo y el diseño del sitio web, partiendo de cero.
La idea nació de una pregunta simple: ¿qué se sentiría encontrar la mejor cerveza del mundo en el lugar más remoto posible? De ahí surgió el hilo conductor de todo el proyecto, la figura del navegante del siglo diecinueve que recorre costas lejanas en busca de la barrica perfecta, la que otros no encontraron porque no supieron dónde buscar.
Ese imaginario, el de los grandes exploradores y las casas importadoras de antaño, se convirtió en la columna vertebral de la marca. No se trataba de vender cerveza, se trataba de vender la certeza de que alguien ya hizo el viaje difícil para que el cliente no tuviera que hacerlo.
Antes de tocar el logo, escribí el texto que resume la promesa de la marca:
Este manifiesto fue el punto de partida para todo lo demás. Si la marca prometía una selección definitiva, cada pieza visual tenía que sentirse como un sello de aprobación, no como una etiqueta más en el anaquel. De ahí salieron también las frases cortas que acompañan las piezas de campaña, cada una pensada como un remate del mismo relato:
El corazón de la identidad es un emblema inspirado directamente en las marcas que antes se usaban para identificar barricas de calidad superior, esos sellos quemados o estampados que certificaban que el contenido valía la pena.
Está construido a partir de las iniciales LUB, estilizadas para transmitir carácter, prestigio y memorabilidad. Lo diseñé para que funcionara de forma autónoma, sin depender del nombre completo, porque tenía que sobrevivir en espacios muy reducidos: tapas, envases, merchandising, íconos digitales. Un sello que no se lee de cerca pero se reconoce de lejos.
El nombre completo, La Última Barrica, acompaña al sello en composiciones horizontales y verticales según el soporte. Su tratamiento tipográfico busca ese mismo equilibrio entre tradición e innovación, el linaje de las grandes casas importadoras del pasado, pero leído con ojos de hoy.
La paleta acompaña el mismo relato: tonos oscuros y terracota que remiten a la madera quemada de las barricas y al cuero de los mapas antiguos, equilibrados con blancos y grises neutros que le dan aire y modernidad al sistema.
La identidad se sostiene en tres tipografías, cada una con un trabajo específico.
Bagnard, la principal, tiene inspiración clásica: serif, terminaciones agudas, detalles que evocan documentos antiguos y grabados de época. Es la que carga el peso simbólico, se usa en logotipo, titulares y acentos donde la marca necesita mostrar personalidad y sofisticación.
Bona Nova, la secundaria, mantiene el espíritu serif pero con un trazo más relajado y contemporáneo. Le da respiro al sistema, evita que todo se sienta igual de solemne. Funciona en subtítulos, descripciones breves y destacados, aportando armonía sin perder el tono clásico.
Roboto, de soporte, entra solo donde la lectura extensa lo exige. Es sans-serif, limpia y funcional, pensada para cuerpos de texto largos en digital e impreso, donde la prioridad es la claridad y no el carácter visual.
Esta jerarquía de tres tipografías permite que la marca hable con distintos tonos de voz sin perder coherencia: solemne cuando presenta, cercana cuando explica, clara cuando informa.
Con el sello, el manifiesto, la paleta y el sistema tipográfico definidos, el paso siguiente fue llevar todo al sitio web, traduciendo ese imaginario de navegantes y barricas de calidad en una experiencia digital que se sintiera tan curada como el producto que representa.